No creo nada, es cierto. No llueve en la ciudad, en mi cuerpo se moja charco de lodo las aves en el pavimento. Es el cigarro que moja mi rostro en aleteo de mariposas, azufre huelen mis dedos de estanpa. Corre el rio que duele en la mejilla. Lodo de recuerdo mancha la boca que se desprende en un suspiro olor a tiempo color sepia. No bailan drástico mis labios, sólo tiembla el cielo porque quiere llorar la muerte su hijo. No cae libre el llanto, sólo se siucida salada charco de mordedura, charco amargo saliciente. Eso es lo que no creo, cómo poder creer en el dolor que llueve el cuerpo, mojado clamor veneno. No cree el doliente, sólo siente. Cree en el sentir sintiendo dolor que muerde los ojos. ¡Qué maldito agujero le abre para que desparrame el rio en llanto sobre la ciudad! Qué soledad humeda se desprende del suelo para abrigar al que duele, doliéndole más la caida libre de su imagen en la lluvia de septiembre en su cuerpo.
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