martes, 15 de enero de 2008

Fotografía de Pascal Renoux

Cuando niño, y comienzo de nuevo con el "cuando niño", porque son las dos palabras donde, creo, se encierran las más extraordinarias fantasias, sagas atemporales, trilogía llagosa que despues será difícil no doler: un mundo lleno de dragones bicéfalos, de peces voladores surcando un cielo intensificado por las lagrimas de un Dios/superheroe, de asaltos, persecuciones; infinidad de imposibles siempre podían ser. La segunda: "cuando niño" es por la reminicencia punzante que produce al agónico hombre de asfalto; porque es más lacrimoso que la llovisna de noviembre a inicios de un diciembre estático y gélido, diciembre leusémico despidiendose del mundo; porque siempre intentamos darle la espada cansada de cargar al niño que nunca volvimos ha ver. Claro, siempre estaba detras de nosotros, clamando por un espejo, por un reflejo de lo que fue ahora, y de lo que ya no será despues.

Por ésta y por muchas otras razones.

Cuando niño me hubiera gustado tener en caballito de mar en casa. Hubiera sido extraordinario ir al rancho del Gran Viejo montado en su cola color Magenta; el Gran Viejo, cabalgando en su cansado rocín, bestia valerosa en mil batallas, me observaria con sus ojos arrugados, pasivos, y, como todas las mañanas lo hacia cuando caminabamos por el patio de la casa, diria posando su magestuosa mano sobe mi cabello, en un intento desesperado de no dejar escapar mi niñes, cellándolas con los mechones alborotados delante mis ojos: eres todo un hobrecito, el niño de la casa. Y continuariamos montados hacia algun lugar, algún destino. Siempre con la mano en mis cabellos. Siempre extrañandonos en silencio, como sólo él sabía callar.


Todas las 12 de la mañana, domingos, ¡Ah siempre era la misma hora, menos el mismo día! sentado en la puerta de la casa grande esperaba a mamá llegar del mercado del pueblo, con la misma palpitación en el pecho de que ese día si hubiéra encontrado un caballito de mar para regalarme. Una ocación me decidi acompañarla, sentia que los caballitos de mar sólo podían verse desde abajo y no de la estatura de mi mamá, porque nunca se permitian bajar la vista. Pero tampoco encontre uno, talvez era porque el cielo estaba lloroso, no entendía porque el cielo se ponia triste en esa epoca del año. Regrese a la casa con la vista contando mis pasos, teniendo reminicencias de un "talvez hubiera sido así".

Ahora tengo un caballito de mar. No es como me lo imagine de niño: no puedo montarme en el, tampoco es color magenta, ni siquiera es tan grande como me lo imaginé...

...tampoco puedo ya cabalgar junto al Viejo...

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