martes, 25 de diciembre de 2007

Pascal Renoux.


Cuando niño, nunca me dijeron que detras del muro existía otro mundo, de onírico y crudo astío. Que detras de él el olor del Cabaret era distinto a la cocina de mamá. Que los besos se compraban por monton y que nunca son jusgados por el primero que aún no había dado; de ese primero por el que mueres en cada segundo que no ha pasado hacia el éxodo de los labios, mueres a cada palpitación del desconocido y humedo abrazo de niños empezando a descubrir el mundo... nunca me lo dijeron; que el tabaco no tiéne la misma concepción detras del muro. Las planatciones enormes de tabaco claro ya no representan las mismas iluciones, el mismo mundo extraño he inhabitable, lleno de aventuras: robos, secuestros... volar sobre un caballo de mar. Allí, el tabaco ya no importa si es claro u oscuro, si mantiene las lagrimas de jornaleros por el clamor de un sueño, de un cíelo azul; el tabaco sólo es humo, incienso nauseabundo, colérico.
Cuando niño, cruzé el muro junto a mi caballito de mar. Con dos sueños en el bolsillo, cuantro bolillos de iluciones, un sombrero azul de paja y el amor sujetado en la cintura.


Ahora corro. Los pantalones rasgados, ya no soportan aferrados al esquelético cuerpo, intento de humano vomitando asfalto por falta de espejos. Escondiendo al Amor entre las manos en un intento desesperado por vivir. Somos carroñeros de sentimientos.
Me han robado mis sueños, mis iluciones me las comi por falta de probiciones en este mundo flemático. Mi sombrero lo he arrojado al cielo por falta de parches y mi caballito de mar... mi caballito de mar ha muerto desangrándose por la boca, vomitando cada fragmento de su vida, de mi vida; me llevó lejos, me rapto... por eso me he quedado solo...

el amor que he traido de casa, lo han resquebrajado.

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